Caminas otra vez.
Los pies helados
en la noche, sin rumbo;
el hígado y los ojos
arrastrados, de nuevo,
por el vértigo
al abismo
de un último delirio
y el olor penetrante
de la sangre
alojado en tu olfato.
Tienes todos los números
para irrumpir erecto
en la espiral pastosa
de las crónicas,
en el lacio univers
engominado
de los informativos.
Avanzas escribiendo
el mágico guión
de la victoria
y adoptas el papel
protagonista.
No te faltan actores
secundarios,
rostros que se suceden
en un continuo casting
recompuesto
por miles de culpables.
Bastará una mirada,
un gesto indiferente,
un roce por completo
accidental.
Una señal de miedo
o de desdén,
una simple torpeza
momentánea,
una pequeña infamia
intrascendente
para saber quién
es el elegido:
un anciano sembrado
de verrugas,
un obeso cordial
y sonriente,
una atractiva
rubia de tintero,
un chófer de autobús,
un funcionario,
una beata, una prostituta,
un portero, un parado,
un camarero,
todos esconden
algo inconfesable,
todos acreedores
al castigo.
Juzgas, condenas,
no hay apelación
posible ante la voz
de tu justicia.
Ejecutas, certero,
la sentencia
y dejas la señal
de la victoria
en la frente
del reo ajusticiado.
Juez, jurado y verdugo
al mismo tiempo,
dejas abandonados
los despojos
del mísero culpable
y un reguero de sangre
a tus espaldas.
Hoy dormirás, al fin,
a pierna suelta,
satisfecho
por el deber cumplido.
Pero no lo celebres
demasiado,
sólo es una tregua.
Hay tanto por hacer.
Hay mucha escoria
aún sobre la tierra.

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