Encuentras
un cachorrito
de gato atropellado
en el borde
de una carretera.
Triste símbolo
del mal que causan
las máquinas
que inventamos
los humanos.
Pero está vivo,
se queja y es evidente
que sufre,
pero aún vive.
La responsabilidad
de otro queda
en el anonimato
y ahora es tuya
porque supones
que el responsable
se dio a la fuga.
La vida alimentándose
de insolidaridad
y egoísmo extremo.
¿Dónde la fosa
para enterrar
las flores de la rabia?
Te preguntas,
pero no da tiempo
en reflexionar
sobre una respuesta.
En ese momento
se abren las verjas
y el sol impregna
tus ojos ciegos
con ese enjambre
de dolor y corres
con él en los brazos,
mercancía de poeta
que no ha sabido
salvarse a si mismo,
pero que llega a tiempo
al lugar donde
le han salvado la vida.

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