Fui enlazando seres,
como todos,
en una representación
de un solo espectador
constante,
a veces crítico ofendido,
a veces gran amigo del autor
capaz de perdonarle
cualquier fallo.
Otros espectadores
iban y venían,
se asomaban un momento,
reían con un gag,
o se quejaban ante
una escena violenta,
lloraban, o se encogían
de hombros.
A veces
hasta irrumpían en escena
para decir:
no, no es ficción,
esto no es una ficción.
Luego se hacían humo
y desaparecían del teatro.

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