Miro caer la tarde
desde lo mas alto,
observo los últimos
rayos del sol devorándose
a sí mismos
e impregnando el paisaje
con su luz rojiza.
He atravesado
el resplandor del desierto,
la opaca densidad
de la noche,
la jauría de los tiempos.
Quiero cerrar los ojos
igual que la esfinge de Naxos
para sonreír a la muerte
y comprender la errática
belleza de lo desconocido.
Todos los signos
me acercaron a ese lugar
que está en otra parte,
pero eran solo brasas
desvanecidas en la memoria.
El día se pierde
en la progresiva oscuridad.
Vuelo sobre los tejados
y las columnas de humo.
A lo lejos están las palabras
que se niegan a ser
borradas de la nada
y escriben el último abrazo
que pueda detener
la incomprensible
maquinaria del mundo.

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