jueves, 5 de junio de 2025

OPINIÓN: LA AMONESTACIÓN A UN MÉDICO


No conozco a Jesús Sánchez Etxaniz, el pediatra del hospital de Cruces en Bilbao que ha sido amonestado por atender a una niña moribunda en su tiempo libre, pero leo que hay un puñado de colegas suyos con una entrega y un compromiso idénticos. Pediatras oncológicos y paliativistas que dan su teléfono privado a las familias de los niños en fase terminal para que les llamen a cualquier hora del día o de la noche. Hay doctoras que, tras una jornada agotadora, se despiertan a las tres de la mañana y llaman al hospital para preguntar por el estado de su paciente y cambiar pautas y dar consejos. Hay profesionales que llevan su vocación y su servicio muchísimo más lejos de lo que las cláusulas de su contrato o su plaza de funcionario les exigen, y gracias a ello, los padres que sostienen a sus hijos en brazos mientras mueren encuentran apoyo, seguridad y cierto consuelo, y sus hijos reciben cariño y dignidad.

Ninguno de estos médicos espera una medalla o que pongan su nombre a una calle por ese esfuerzo. Ni siquiera esperan que las familias se lo agradezcan, tan abismadas como están en su propia pena, pero sí les gustaría que, al menos, su entrega no les costase una amonestación, una sanción o un enfrentamiento perpetuo con una administración que solo entiende de hojas de cálculo y jamás mira a la cara a los pacientes. No conozco las circunstancias laborales y de gestión con las que trabaja el doctor Sánchez Etxaniz, pero sí he visto a gestores mezquinos, a cargos públicos que escamotean recursos y a administradores que se encogen de hombros y se desentienden por completo tanto del dolor de las familias como de los esfuerzos extraordinarios de los sanitarios que las atienden, sin que la precariedad o las restricciones horarias o de recursos humanos les frenen.

Así como basta un valiente para avergonzar a todos los cobardes, basta un médico como Sánchez Etxaniz para avergonzar a todo un sistema de salud. Por suerte, hay muchos como él. Las familias saben que son la norma, más que la excepción, sobre todo entre la raza de los paliativistas, esos médicos que han decidido hacer el camino inverso al resto de sus colegas y acompañar con dulzura en la muerte en vez de luchar denodadamente por la vida. Son un tesoro nacional invisible que no pide aplausos. Les basta con que cesen las zancadillas y los gestores comprendan que los niños no agonizan y mueren de ocho a tres de lunes a viernes.


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