La historia de Ward Jalal al Shiek Jalil, una niña de unos seis años que perdió a su familia en un ataque israelí en la madrugada del lunes, muestra el horror que padecen los más de dos millones de habitantes de Gaza. La madre y todos los hermanos de la pequeña —que algunos medios apuntan a que son seis y otros cinco— murieron por el bombardeo, mientras que su padre se encuentra en estado crítico en la UCI de un hospital. La imagen que la muestra en el momento del rescate no es muy buena, pero en este caso carece de importancia.
Su vida se salvó gracias a que su cuerpo, cubierto por una losa y por restos carbonizados, fue encontrado por los profesionales de rescate y vecinos que ayudaron poco después de los ataques en el centro educativo Fahmi al Jarjawi, donde se refugiaban cientos de personas desplazadas y murieron varias decenas, algunas quemadas vivas en el incendio posterior a las explosiones.
Ward ha salvado la vida. De momento no engrosará la lista de más de 15.000 niñas y niños asesinados por Israel, un número que se escapa a la comprensión de la mente y debería estremecer el corazón de cualquier ser humano. ¿Pero qué futuro le espera? ¿Acaso realmente tiene futuro, ahora que el gobierno israelí ha decidido ocupar definitivamente Gaza? Cualquiera puede ver vídeos de colonos judíos explicando tranquilamente que se debe matar también a los niños palestinos para evitar que al crecer se conviertan en terroristas. Lo han argumentado hasta algunos miembros del propio gobierno, demostrando que no tienen nada que envidiar a los que un día pusieron en práctica un terrorífico plan para exterminar a los judíos.
Y no, estas palabras no las está escribiendo un antisemita, sino alguien que no puede soportar que se asesine impunemente a miles de personas, sean de la raza, las creencias, las condiciones sociales, los grupos humanos, el género o el país que sean. Es tan simple como eso y parece mentira que uno tenga que explicarlo.

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