Los niños de las guerras
son los planetas huérfanos.
Los planetas errantes son mundos sin hogar. No tienen ni amaneceres ni ocasos porque, al contrario de los que más conocemos, estos planetas no se encuentran vinculados a una estrella.
Cada vida desterrada
y deshumanizada
regresa a nuestro lado
con su nada
de material de archivo:
«Yo he dibujado un bombardeo que vi en San Sebastián durante la guerra» / «En este dibujo se ve la evacuación que hicimos en Gijón para venir a Francia», son las voces de las niñas Ángeles Benito, de 14 años, y Rosita Corral, 12 años, de Santander, niñas de la guerra civil española en la Colonia Infantil de Bayona, voces que atraviesan nuestras salas de exposiciones, pantallas y periódicos desde la periferia deshabitada y fría de la Historia, donde tantas vidas han sido succionadas.
Mundos sin luz, huérfanos errantes, víctimas del llamado necesario equilibrio de fuerzas, que atan las conciencias y los miedos a inercia gravitacional del “sol que más calienta” (el decir popular, ya se sabe, siempre tan atinado).
Me estremecen los vídeos
y las fotografías
de los recién nacidos
muertos bajo
las bombas en Gaza,
o a punto de morir,
tanto dolor y tanta soledad
en cuerpos tan pequeños,
que no entienden,
porque nada han vivido:
muerte diminuta
que se traga
en su horizonte de sucesos
todas las razones
que cimentan
la civilización, densidad
insondable del mal
expandiéndose
de continente en continente,
la más antigua,
terrible e incurable
de las epidemias.
Cada vida no cumplida
regresa y pide cuentas
con su nada en la mochila,
desde el amanecer
del tiempo que tuvo
y se pierde en una playa
bajo cualquier marea
inflada por las bombas,
la sed o el hambre.
Cada vida de golpe
desplazada de sí y de su futuro
orbita sin estrella
en nuestro estómago
y en la nada
de nuestra cobardía
y de nuestra impiedad,
por los siglos de los siglos.
Los planetas pueden ser expulsados de sus sistemas estelares solo por objetos más grandes. Se cree que los planetas quedan huérfanos y deben vagar por el Universo interestelar, cuando dos protoplanetas chocan entre sí. La fuerza del impacto es tan fuerte que expulsa por completo del sistema estelar al planeta ya huérfano.
Por los siglos de los siglos,
tanta orfandad, tanta muerte,
tanta crueldad, tanta injusticia.

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