Es un pobre árbol
al que le han robado
su tierra
y está sepultado
bajo una capa de cemento.
En su tronco persiste aún,
a duras penas,
el áspero recuerdo
de lo que un día fuera
corteza delicada
donde grabar un nombre.
La polución, las cicatrices,
la sequía inclemente,
el abandono
y aquel accidente de coche
han convertido
en un pellejo infame
aquella piel.
En sus ramas raquíticas
no hacen nido los pájaros:
ni siquiera se posan.
Algunas hojas sucias
se yerguen de milagro
en la altura grisácea
a la que llega.
Las otras
se dejaron arrancar
con el pretexto del otoño
—o del invierno—
y huyeron en un soplo
hasta los descampados
de una gasolinera.
No se encumbra su savia
hacia ningún lugar.
No alcanzan sus raíces
tierra limpia
ni bucean en el subsuelo
a la busca
de sueños minerales,
de humedades nutricias.
Con esfuerzo,
ásperamente,
se estira hacia el fondo,
cayéndose, arrastrándose
entre cascotes, hormigón,
a punto siempre de asfixiarse.
Y, sin embargo,
con qué gracia canta
la arrogancia de vivir,
aunque sea en la miseria,
y de haber sido hijo
de los cielos más puros.

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