En barrios de las afueras
sin ningún tipo de servicios
o de viviendas autoconstruidas
de tablas e intemperie,
nuestros antepasados
lo guardaron,
bárbaros de Occidente,
huestes hambrientas,
prole de Caín
a las puertas
de las grandes urbes
sofisticadas y cosmopolitas.
Así llegó a nosotros,
con olor a carbón,
a la humedad viscosa
de los puertos
a sudor rancio
y flema de tuberculoso,
a humo de fábrica
y amedrentada clandestinidad.
Así construyeron el futuro,
innúmeros, legendarios
andrajosos,
abuelos, abuelas
padres y madres nuestras.
Lo que ahora tenemos
nos llegó de su esfuerzo,
trabajos de la rabia
y trabajos de amor.
Vivieron en la primera
persona del plural,
con la idea de conquistar
un poco de mañana,
si ello fuese posible.
Claro que lo fue,
lo consiguieron
y me da la impresión
de que no lo valoramos
lo suficiente,
creemos que el derecho
a una vida digna
ha sido algo connatural
a nuestra existencia
y no ha sido así,
ellos y ellas lo conquistaron
para nosotros.
Y ahora que nos creemos
el centro del mundo,
le negamos a otros
de más allá
de nuestras fronteras
una mínima posibilidad
de hacer lo mismo.

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