Sacar a pasear
el alma
como quien saca
un perro,
no permitir
que te ladre
ni que te lama,
lavarla cada día
con cultura y solidaridad
y plancharla después
para alisarle
las arrugas,
procurando
que no se queme,
aunque arda.
Consumir el fuego
sobrante y,
si no hay más remedio,
mandarla una vez más
a que se ensucie
las manos
en busca de justicia
porque es la única
manera de que
no se consuma
sin haber contribuido
en algo positivo.

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