Estoy sentado aquí,
con el libro abierto
y los ojos cerrados.
Las gafas descansan
sobre la mesa,
la vida entre paréntesis
y el tiempo -en la pared-
descontando minutos.
Siento que todo
es lo que parece:
el pan y los pensamientos,
el largo paseo de la mañana
las ganas de vivir,
el azogue en la voz
y nada en los bolsillos.
Uno a uno los días
y los sueños
-enhebrando su aguja
de bordar-
alimentan la línea divisoria
de la vida y la muerte,
penúltimo suspiro
de esta alegría en flor
en la que nunca es siempre.
La luz duerme
en el cofre de hojalata
que enciende los recuerdos:
los poemas no escritos,
los besos no besados,
el furtivo paisaje,
las palabras de amor,
la tristeza cierta
y el odio en una mirada.
Tengo la firme convicción
de estar aquí
para resucitarme cada día
y que los labios descorran
las cortinas
que cierran el silencio
solo cuando sea necesario.
Abro de par en par
el acertijo que me lleva
hacia más allá de yo mismo
y lanzo el corazón
sin prisas, pero sin pausa,
porque he de cumplir
mi cuota de responsabilidad
para con el resto del mundo.
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