Primero fuiste
ameba cimbreante,
ritual de sangre
en claustro oscuro,
barquito de madera
tras la nada
sobre el cauce
ambivalente de la infancia,
años de ortigas
y fragante yerbabuena.
Traumático y sensitivo
pensador de lagartos,
al tiempo que pasó
el tiempo, miopizando.
Dilapidaste
tus mejores años,
como si hubiese sido
invierno por mil días
para el árbol,
y tú fueras un árbol.
Obsesión de ser mar
y, tras el mar,
barro, congoja, agobio
que amuralló los años
sin detenerlos.
Años de proyectos
que se fueron apagando,
años de morir
poquito a poquito.
Tantos que borraron
amigos y recuerdos.

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