Mientras sigo soñando,
vivo una muerte lenta.
Y mientras voy muriendo
en la luz inflexible
que me sigue apuntando,
siento dentro de mí
una combinación azucarada
de soles intangibles,
bulliciosos,
como un cóctel de nubes
que se agitan dentro
de un vaso alto
en donde el hielo brama
igual que una tormenta
de blasfemias.
Son muchos
los que no aceptan
que la alegría es insípida,
no solo porque es fugaz,
sino por inconsistente.
No puede competir
con la tristeza,
la aflicción siempre
es más firme,
la gana en densidad
y en permanencia.
La alegría se parece
mucho a la electricidad,
por eso siempre va envuelta,
para aislarte del calambre.
La felicidad te mira
a los ojos un instante
mientras apura el paso
y te adelanta.
La tristeza anida dentro
e incuba su nidada
con paciencia.

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