Este año hemos vuelto a superar en España la cifra terrible de más de una mujer asesinada a la semana. Si en cualquier otro sector tuviéramos una muerte violenta por semana, estaríamos clamando por soluciones inmediatas. Sin embargo, estamos abonados a la discusión. Para una cierta derecha, no se sabe bien por qué, no existe la violencia machista. Dicen que si se te cae un tiesto en la cabeza también es violencia y por lo tanto no hay que hacer distinciones. Pues vale. Sin embargo, la terquedad del machismo les desmiente. Porque, ¿cómo habría que llamar a quien es capaz de asesinar a una niña de cinco años por la cobarde aflicción de ser abandonado por la madre? ¿Acaso no hay detrás de tamaña cobardía un paradigma afectivo demencial? Y si alguien replica que madres también a veces matan a sus niños por despecho, esto no sería una refutación, sino una evidencia más de que la cultura de pareja indisoluble, matrimonio sagrado y jura de fidelidad esconde un contrato por el cual te juegas la vida. Hemos de cambiar la raíz del mal.
La polémica no beneficia la búsqueda de soluciones. La guerra de pancartas en cada minuto de silencio municipal es la estampa misma de una profesión política degradada hasta niveles de teatralización tan infantiles que da asco. El problema no es sencillo, pero ofende el grado de misoginia que se introduce a través de las redes, en la forma de abuso y descalificación de la mujer tan distinta al balance que se hace de un hombre, incluida esa forma de desprecio tan particular hacia figuras públicas femeninas, llevada hasta extremos demenciales cuando se trata de la selección femenina de fútbol. Cuando estudiamos el tratamiento mediático del amor y el despecho comprendemos el origen de casi todo. En un mundo utilitarista hemos rebajado la relación entre personas a una forma más de consumo. Son transacciones que invitan a poseer, usar, tirar, ajenas al respeto a la individualidad de cada cual, que extienden los valores del mercado sin sitio para la humanidad. Cada seis días, otro fracaso.

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