lunes, 11 de diciembre de 2023
INFORME: LA EMIGRACIÓN CANARIA
No hay registros del número exacto de canarios que, desde el siglo XV, dejaron las islas en busca de un futuro más próspero en América Latina, sobre todo en Venezuela, Cuba y Uruguay, donde canario pasó a ser sinónimo de campesino. En un cálculo muy conservador, Manuel Hernández, catedrático de Historia de América de la Universidad de La Laguna, cifra en al menos medio millón el número de isleños que emigraron en el siglo XX, un 30% de la población de la época aproximadamente. Gallegos, canarios y asturianos se convirtieron en la diáspora española más numerosa allende los mares. “En Canarias es imposible encontrar una familia que no tenga parientes en Cuba y Venezuela”, asegura. Emigraban sobre todo por la pobreza, pero también por la dictadura franquista, que no solo trajo represión sino una etapa de autarquía y la consecuente debacle económica en un archipiélago que dependía del comercio con el exterior.
A diferencia de otras migraciones de españoles, y aunque los buques iban cargados de hombres, el éxodo canario era familiar: muchas mujeres y niños se aventuraban en la huida. La mayoría, entre el 60% y el 70%, acababa retornando a casa, señala el historiador. Se embarcaban de forma legal, con un contrato de trabajo en origen o porque un familiar les reclamaba, pero también lo hacían en barcos de vela que pasaban hasta 80 días en alta mar a merced de los vientos alisios. Hernández calcula que, entre 1948 y 1952, al menos 12.000 canarios viajaron rumbo a Venezuela en pateras con velas. “Al principio fueron bien recibidos. Pero en noviembre de 1948 se produce un golpe de Estado militar en Venezuela y ese país empieza a considerar comunistas a todos los emigrantes españoles, aunque la mayoría fuesen emigrantes económicos”, explica. Cuando llegaban, les metían en una especie de campo de concentración en la isla-prisión de Guasina, en el corazón de la selva, en la desembocadura del Orinoco. “Era un auténtico infierno”, escribe Hernández en sus publicaciones. Los canarios, no obstante, siguieron llegando. Al final, Venezuela alcanzó un acuerdo con Franco porque “el régimen no quería comunistas, pero necesitaba mano de obra”, remarca el catedrático.
No queda mucha gente que pueda contar estos viajes clandestinos en primera persona. La mayoría de sus protagonistas murieron, aunque sus nietos y sobrinos siguen alimentando las leyendas de sus travesías. Los emigrantes, gallegos y canarios sobre todo, compraban embarcaciones de pesca destartaladas y ponían al timón a capitanes de dudosa pericia. Muchos pasajeros no tenían cómo pagar su parte y acababan malvendiendo sus casas o tierras para marcharse. Quien ni eso tenía se colaba como polizón en los transatlánticos que hacían escala en las islas. Una vez despistada la Guardia Civil, el velero les esperaba mar adentro en el sur de la isla y tenían que remar en pequeñas barcas hasta llegar al barco donde viajarían. Son relatos muy similares a los que cuentan los senegaleses que han llegado a las islas Canarias en los últimos meses.
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