Pongo nombre
a todo lo que quiero.
Por eso mismo,
escribo.
El amor enraíza
en lo que nombramos.
Por qué
al gato sí
y no a la citronela.
Por qué a cada una
de las tormentas,
pero no a cada nube.
Juega a llamarlas Pepa
o Bernardina
y a quererlas.
Ninguna rosa esplende
igual que su tocaya.
Lo que no tiene nombre
se deshace
en bruma
sin presente
ni memoria,
es nada,
no interesa.
Se necesitan nombres
para tanto.
Llama a la vida por su nombre,
llama a cada ser humano
por el suyo.
Y ámales
si quieres que tu existir
realmente valga la pena.

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