Un lugar donde el odio esté prohibido,
un espacio sin templo obligatorio,
un vivir sin mortaja o velatorio
e hincar con la rodilla, suprimido.
Un paisaje liberto, falansterio,
donde sólo dirija la cabeza,
reparta pan, justicia y no tristeza,
luzca la luz y reluzca el criterio.
Que la mente y el cuerpo y su memoria
conformen el país y sus circuitos,
sin cercas, ni collares, pena o gritos,
y liberen lo humano de la escoria.
Esa es la patria que a vivir prefiero:
Que el trato del respeto sea su gloria,
sin tanto respirar furioso y fiero.

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