Los expulsan de sus tierras,
destruyen sus casas,
destrozan los recuerdos,
los cuadernos,
las canciones.
Aniquilan los tímidos
flecos de cielo
que asomen por la ventana.
Matan a sus hijos,
acaban con los pájaros
que brotan de sus gargantas,
les extirpan las lunas
de las cabezas,
y los latidos del pecho,
y las bellas palabras,
el lento y delicioso sonido
del aire en el estómago.
Les roban el corazón
de las manos.
les golpean hasta
en los huesos,
absorven la sangre
que viaja por los venas.
Los encarcelan
sin acusación alguna,
y, cuando ya no
les queda nada,
dicen que son peligrosos,
los asfixian hasta la muerte.
Y es legítimo, dicen unos.
Y necesario, dicen otros.
Y los que proclaman
lo injusto de lo que sucede
nunca pasan de ahí,
jamás harán nada
que pueda comprometerlos.
Así se perpetra el exterminio
de todo un pueblo.

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