Gabriel Plaza es el mejor alumno de la EvAU de Madrid. Cuando confesó en la SER que iba a estudiar Filología Clásica, se vio impelido a explicarse, improvisando tres frases sobre el éxito y la felicidad que nadie le habría reclamado si estudiara Medicina o Ingeniería. Lo peor vino después, cuando miles de hienas furiosas saltaron de la charca de las redes sociales y lo forraron a insultos. Cómo se le ocurría estudiar algo tan inútil y condenarse a ser un maestrillo. La burricie general ha inhibido a Gabriel, que ha declinado dar más entrevistas.
Para la mayoría de los españoles, la ambición sigue teniendo forma de chalé y coche nuevo. Destacar en la lingüística no requiere, al parecer, ni esfuerzo ni talento, y el reconocimiento intelectual es propio de pringados. Quienes piensan así no creen en la democracia. Tienen una mentalidad sumisa y clasista, según la cual, las bellas letras, el arte y el pensamiento son manías de aristócratas y rentistas, ocupaciones impropias de muchachotes de barrio. Eso sí, cuando Gabriel gane el Cervantes o el Princesa de Asturias serán los primeros en aplaudir y en presumir de ser sus compatriotas, socializando sus triunfos, como se apropian de los del Real Madrid aunque no jueguen en el equipo. Los demócratas, en cambio, ya estamos orgullosos de Gabriel hoy, pues su elección libre es una victoria nacional y la constatación de que no vivimos en una tiranía elitista.

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