Aceptarse es fundamental para tener una vida que se adapte lo más posible a la propia singularidad. Puede ser complicado cuando de pequeño ya empiezas a escuchar el calificativo raro cuando se refieren a ti. A mi me pasó de pequeño, pero no resultó traumático, solo que para ser yo mismo, llegado el momento tuve que romper de manera tajante y definitiva con el círculo donde me movía desde niño. Y ello significó dejar de relacionarme prácticamente con toda mi familia. No lo viví como algo traumático en absoluto, sino como una liberación. Las cadenas que me unían a aquella gente me impedían ser yo mismo, romperlas me llevó a la libertad de ser como me sentía ser. Ni mejor, ni peor que ellos, pero era libre para poder ser yo. Pasaron los años y he seguido buscando la sombra de los raros. No los raros que se dicen a sí mismos raros y te montan su teatrillo, sino los que por fuera parecen perfectamente adaptados al ruido social pero por dentro bullen. Los raros de círculo reducido, rutina recalcitrante y vida reservada.
Al nacer recibimos de nuestros padres un sobre lacrado que contiene maravillas y dones, y también misterios y taras. Nuestra misión es proteger, descifrar y hacernos dignos de ese sobre sagrado. Hay varios modos de preservar la singularidad. Casi todos pasan por la distancia, por saber cuándo alejarse. De adultos perdemos la misma cantidad de tiempo protegiéndonos de lo que nos puede descentrar que descubriendo lo que nos hace bien. Detectar y celebrar la propia rareza ayuda a ordenar prioridades. Pasar silbando y mirando de lejos las propuestas (que solo suelen beneficiar al que propone), los eventos y los corrillos, por tentadores que resulten. Cuando te vinculan a una etiqueta grupal estás a cinco minutos de pasar de moda, y lo que interesa es poder labrar años y años sin dar muchas explicaciones. Ser selectivamente sordo e ir por libre.
La vida no está en la actualidad. La vida es más sencilla, y se despliega más allá de la estadística, la economía y lo que ha dicho el uno o el otro. La vida es generosidad, amor, educación, respeto, gratitud. Cuesta muchísimo escapar de los malabares de la agenda diaria y profundizar en el compromiso de estar vivo. Cuesta más aún si uno no tiene muchas herramientas: no es filósofo, no es eremita, no ha podido huir del mundanal ruido. En plena batalla —con hijas, con cuatro duros, con sueño, con problemas— es un reto estrenar la jornada con la mirada nueva y limpia, sin agitación y sin abandono. El trabajo no dignifica, lo que dignifica es el esfuerzo.
La distancia es el antídoto, pero alejarse no implica existir en una burbuja. Dar un paso atrás ayuda a la lucidez, a intuir qué puede aportar uno al mundo. Construir un nido donde poder pensar con holgura acerca del arte de vivir. Y luego, regresar y contribuir. Al final quizá todo es mucho más sencillo: huir de los egoístas y no convertirnos nosotros mismos en plomos. El civismo por delante de la sinceridad, esa roña que no vale para casi nada. “Yo es que soy muy sincero y voy de frente”, dicen algunas personas a las que yo lanzaría con gusto barranco abajo. Siempre habrá quien sospeche de nuestro recogimiento. No pasa nada: hay que saludar con el sombrero e irse amablemente.
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