En sus hombros, detrás,
centellean los mares
del inicio del mundo.
Quiere hacia atrás en él
beber la creación
y volver a crear,
con su cuerpo y el sol,
el paraíso.
No necesitaría morir,
ni vivir, si en su cuerpo
pudiera desplazarse y rodar
como esa nube blanda,
que se deshace al fin
en la inconsciencia.
En ella se hace carne
este deseo antiguo,
sirena de bronce,
Atlántico mudo frente al sol
que reverbera y enamora
por la magia de lo sentido.

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