En los tiempos mágicos de Los Angeles Lakers, su cancha estaba situada en el barrio de Inglewood, uno de los más peligrosos de la ciudad. Durante los años ochenta y noventa una de las pesadillas recurrentes era imaginar que tu coche se estropeaba en las cercanías del fórum. Hasta se hicieron películas con ese miedo. Luego se optó por trasladarlo, pero Los Ángeles siempre fue el primer experimento mundial en desigualdad. Por más que algunos se empeñen en combatir con armas y vallados, control de seguridad y barras de peaje, no hay paz social sin búsqueda de la igualdad. Estados Unidos lleva décadas fantaseando con que las guerras las pelea fuera, cuando las tiene dentro, y con salvaguardarse del Tercer Mundo, cuando lo lleva instalado en su vientre. La última matanza de niños de nueve años tiroteados a bocajarro en su cole, algo que no se vería jamás ni en la peor guerra del planeta, no les lleva más que a reiterar que la libertad para ellos consiste en morir con la pistola en la mano. Su experimento es un fracaso.
¿Podría llegar a suceder esto en Europa? Esa es la luz que París acaba de lanzar hacia el continente. Si la mitad de tu electorado se revuelve contra los procedentes del extranjero, los culpa de la degradación y los condena a la marginación, es normal que lo que esos ciudadanos les devuelvan resentimiento, desprecio y amenaza. Todo eso se convocó en Saint Denis, antes de la celebración de la final de la Champions de fútbol, porque París ha alcanzado un porcentaje de desigualdad entre barrios que supera el 40%, según los últimos estudios. La reacción a todo esto por ahora no pasa más que por un tosco reflujo de intolerancia y la nostálgica añoranza del pasado colonial. Un desastre mental que ha comprado un porcentaje alto de su población, incapaces de escuchar el segundo y tercer elemento de su tríada invencible: libertad, igualdad, fraternidad.

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