La parte izquierda
de nuestro hogar,
de mi nombre,
mi parte izquierda,
sorprendida en sus juegos
con las ingles del barro,
dejó apresar su luz
en los cimientos.
Después la arcilla,
cruelmente minuciosa,
sobre la oculta
cárcel de los cimientos,
reticular se levantó
en los muros
y nacieron
de la pausa los huecos,
la puerta de los nombres,
el milagro
de los jardines y la brisa.
Alados albañiles tejarían
luego la casa
por resguardar los actos,
los poemas,
del alga de la noche,
de grises claridades,
de las imperfecciones
o la lluvia,
y pintarían de esperanzas
encendidos tabiques,
dudas y corredores,
la arquitectura toda de mi voz
mientras ella callaba,
mientras los dos sabíamos.
Hoy, ya junio,
que escribo recordando
su cautiverio,
sé que en tanto el día
se resuelve
vive el amor en su celda
más profunda,
y que arde
conmigo cuando llega
el pulmón de las sombras.
Porque mi hogar
es una casa,
las cosas y experiencias
que la llenan y la impregnan,
pero lo son también
las que en ella viven
para mi gozo y mi fortuna.

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