Ellos no saben nunca
dónde ni qué mirar.
Se acostumbran.
Les dicen…
Este camino es ancho…
Y van. Sin preguntar.
Por donde pasa el amo
de látigos y horas.
(No saben lo difícil
y estrecho,
que es el camino
de la libertad.)
La libertad…
Ellos la desconocen.
Viven solos y a oscuras.
Con las manos
cogidas hasta el pie.
Y en los ojos vendas
de cigarrillos
que no les dejan ver…
Ya no hace falta
que les digan
que la libertad
puede resultar peligrosa,
les basta convencerlos
de que se trata
de tener bares abiertos
para poder tomar
unas cervezas.
No llegan nunca
a levantar la mano.
Bajan las cabezas.
Y resignadamente
(no digo con humillación)
avanzan en sus vidas
que otros
les han comprado.
Cuando mueren o saltan
lo hacen en silencio.
(Los amos cuidan
de que sus sepulcros
permanezcan anónimos.)

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