En “Madonna”, (1894) de la que existían hasta cinco versiones, E. Munch se refiere a los amables cuadros religiosos de la Virgen con el Niño que de manera tan generalizada pintaron en el Renacimiento. «Madonna» significa en italiano «mi señora». Pero la «Madonna» de Munch es literalmente una vampiresa «come hombres», una mujer desnuda y con los ojos semicerrados, que provoca y se ofrece pasivamente al espectador. Supone un vuelco con respecto al modo tradicional de representar la maternidad.
Es un espectacular y sensual desnudo femenino rodeado de una atmósfera poco tranquilizadora. La figura emerge de un fondo tenebroso, de líneas distorsionadas. El cuerpo nos atrae, pero hay algo que nos angustia, la gran tensión psíquica, los ojos son casi cuencas cadavéricas que simbolizan la muerte. Es una visión demoledora de la maternidad.
La mujer en pleno clímax, en el momento crucial de la concepción; momento triunfante para ella, aunque percibido como pérdida para el varón que, cumplida su misión, queda relegado al papel de consorte. El lienzo tiene un tamaño casi natural, cortada la imagen justo por el pubis, los brazos hacia atrás, la barbilla orgullosamente alzada y la cabellera flotante y desparramada, envuelta toda la figura en un cálido halo ondulante, vaporoso, y un nimbo rojizo, como una media luna, resalta su cabeza. La mirada turbia, los ojos hundidos, habituales en las pinturas de Munch. Esta vibrante imagen de la Virgen desnuda en una atrevida pose de abandono, encierra una sensualidad misteriosa que atrae al espectador.

No hay comentarios:
Publicar un comentario