viernes, 27 de mayo de 2022

REFLEXIÓN: ÍTACA


Ha llegado al fin la normalidad, Ítaca anhelada en la que esperábamos reposar después del esfuerzo titánico de resistir y sobreponernos a la pandemia. Pues bien, lo confieso públicamente: a mí esta Ítaca no me gusta, no es para nada lo que esperaba. ¿Dónde está la vida distinta en la que todos seríamos mejores, más colaborativos, más solidarios y pondríamos la vida en el centro?

Porque no es normal el ritmo acelerado e implacable que nos exige ocultar, disimular, dominar y reprimir todo lo que tenga que ver con la vida para que nos entreguemos a lo más importante, a lo fundamental: producir. Por eso añoro el estéril confinamiento, cuando, por lo menos, se podía pensar y sentir, expresar la angustia y la tristeza, la preocupación y la rabia, tener claro qué es lo realmente esencial: comer, dormir, estar con quienes amamos, cuidarlos y que nos cuiden. Animales desnudos ante las inclemencias del tiempo y la naturaleza, las restricciones de la pandemia fueron para muchos de nosotros una especie de cueva en la que refugiarnos y redescubrir el consuelo y alivio que nos da el contacto continuado, piel con piel, con personas reales e importantes en nuestras vidas.

Pero han vuelto los malos modos, la falta de educación cívica, la mala uva, la masificación y la insolidaridad. Quisiera vivir en un mundo en el que no tuviera la necesidad de huir de él, de buscar refugio. Un mundo compasivo que pusiera el alejamiento del dolor y la búsqueda del placer en primer lugar. Una Ítaca en la que sentirnos en casa y no esta enloquecedora normalidad, pero es imposible. Por eso me refugio en mi familia, en mis compañeros animales, en el microcosmos de mi jardín y en la cultura. No hay otra Ítaca posible. 

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