A veces no está sola,
en esos casos se siente
llena de los dos.
Colmada, verdecida,
se yergue como grávida
montaña de tierra fértil
donde la simiente
se esponja y apresura
para el brote.
Es su carne, tensa y ahuecada,
nido cerrado que abriga
el vuelo de un ala
sin plumón y con grillete:
casi cristal y casi sueño.
Tierna.
Va llena de gracia por los días
desde la anunciación
hasta la rosa.
Pero ellos no pueden,
ciegos, brutos,
respetar el portento.
Rugen. Embisten encrespados.
Lanzan sobre la mujer
y su contenido
un huracán de rayos y metralla.
Del más bello horizonte,
del más puro cielo de primavera
vomitan una lluvia
de ciegos mecanismos
destructores que desatan
sobre el cauce seco
del callejero asfalto sorprendido
los ríos de la sangre.
Son noches de sueño incierto,
triturado por la tremenda
sinfonía del frente en erupción
y los caballos del miedo
galopando en explosivos.
Y la sangre con hambre
que se exprime
hasta la última esencia
para nutrir al hijo sazonándose.
Y la desnuda soledad
del cuerpo, desorientado,
desgajado en vivo
del cuerpo del amante.
Esas noches
del pavor sin luces,
apelmazadas de odios
y de ruinas, ella espera.
El hombre le llega a veces
del último bisel de la tragedia,
del borde mismo
de la hirviente sima.
La contempla con unos ojos
llenos de agua sucia
donde asoman rostros
de cadáveres.
Ojos que procuran ser risueños
y mansos al pasar por su figura
y acariciar con luces
de esperanza la curva del vientre.
¡Con qué exaltada fuerza,
con qué prisa,
con qué vibrar de nervios
y raíces se aman!
Yacen unidos, sin lujuria,
absortos en el hondo tableteo
de sus corazones.
Escuchando de vez en vez
el tímido latido
del otro corazón encarcelado
que ya, para ellos, gorjea.
La futura madre sonríe
señalando el sitio
en que un talón menudo
percute sus íntimas paredes
en un ansia gozosa
de correr por los senderos
apenas presentidos.
Y, en medio del olvido
refrescante, en lo mejor
del conseguido sueño,
surge denso, alucinante,
bronco, el bélico zumbar
de los misiles.
Bramando, sacudiendo,
despeñándose,
atropellándose los ecos
van las explosiones avanzando,
cada vez más cercanas,
hasta que, al fin,
la muerte en torrentera,
en avalancha loca,
trascurre sobre sus cabezas
sin refugio.
Con un desesperado abrazo
intentan protegerse
el uno a la otra,
unidas las bocas,
trasvasándose
el tembloroso aliento,
diluidos en éxtasis
de espanto y de delicia,
las almas contraídas,
esperaban salvarse...
Y así se los llevó la parca.

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