lunes, 9 de mayo de 2022

POESÍA: UNA CRÓNICA DE GUERRA


A veces no está sola, 

en esos casos se siente

llena de los dos. 

Colmada, verdecida,

se yergue como grávida

montaña de tierra fértil

donde la simiente

se esponja y apresura

para el brote.

Es su carne, tensa y ahuecada,

nido cerrado que abriga

el vuelo de un ala

sin plumón y con grillete:

casi cristal y casi sueño.

Tierna.


Va llena de gracia por los días

desde la anunciación

hasta la rosa.

Pero ellos no pueden,

ciegos, brutos,

respetar el portento.

Rugen. Embisten encrespados.

Lanzan sobre la mujer

y su contenido

un huracán de rayos y metralla.


Del más bello horizonte,

del más puro cielo de primavera

vomitan una lluvia

de ciegos mecanismos

destructores que desatan

sobre el cauce seco

del callejero asfalto sorprendido

los ríos de la sangre.


Son noches de sueño incierto, 

triturado por la tremenda

sinfonía del frente en erupción

y los caballos del miedo

galopando en explosivos.

Y la sangre con hambre

que se exprime

hasta la última esencia

para nutrir al hijo sazonándose.


Y la desnuda soledad

del cuerpo, desorientado,

desgajado en vivo

del cuerpo del amante.

Esas noches

del pavor sin luces,

apelmazadas de odios

y de ruinas, ella espera.

El hombre le llega a veces

del último bisel de la tragedia,

del borde mismo

de la hirviente sima. 

La contempla con unos ojos

llenos de agua sucia

donde asoman rostros

de cadáveres.

Ojos que procuran ser risueños

y mansos al pasar por su figura

y acariciar con luces

de esperanza la curva del vientre.


¡Con qué exaltada fuerza,

con qué prisa,

con qué vibrar de nervios

y raíces se aman!

Yacen unidos, sin lujuria,

absortos en el hondo tableteo

de sus corazones.

Escuchando de vez en vez

el tímido latido

del otro corazón encarcelado

que ya, para ellos, gorjea.

La futura madre sonríe

señalando el sitio

en que un talón menudo

percute sus íntimas paredes

en un ansia gozosa

de correr por los senderos

apenas presentidos.


Y, en medio del olvido

refrescante, en lo mejor

del conseguido sueño,

surge denso, alucinante,

bronco, el bélico zumbar

de los misiles.

Bramando, sacudiendo, 

despeñándose,

atropellándose los ecos

van las explosiones avanzando,

cada vez más cercanas,

hasta que, al fin,

la muerte en torrentera,

en avalancha loca,

trascurre sobre sus cabezas

sin refugio.


Con un desesperado abrazo

intentan protegerse

el uno a la otra,

unidas las bocas, 

trasvasándose

el tembloroso aliento,

diluidos en éxtasis

de espanto y de delicia,

las almas contraídas,

esperaban salvarse...

Y así se los llevó la parca. 


No hay comentarios: