Cada quien, en su íntimo infierno
es más verdadero, más real.
Allí, en ese cuarto oscuro
manifestamos lo que somos
con más locura que lógica,
allí se concentran
nuestras patologías
y se agobia el fantasma
homicida que reprimimos
para no desencajar
en esta sociedad maldita.
En algunos late más,
no pueden alejarlo
de la puerta de entrada al mundo,
los hay que lo vuelven carne,
otros lo graban con sangre.
El mío permanece
en duermevela,
padece su nostalgia y su odio,
lo más confuso es
cuando despierto,
me alimento,
soy quien soy, muerdo el reloj,
trajino por el día,
camino los caminos,
me atasco por aquí y por allá,
me harto un rato,
después me calmo,
llego, lavo mi rostro,
miro al espejo
y descubro que los ojos
de ese hoy no eran los míos,
sino los de mi fantasma,
tan ensimismado
que apenas si puede
enloquecer y desbocarse
porque la vida, cada día,
lo va matando de espanto.

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