del tiempo,
de las historias que urdimos
con mejor o peor fin
y que se convierten en mitos
con los que identificarnos
y construir una identidad.
El problema es que el mundo
de lo globalizador
nos marca otra ruta
con su viento en contra
y su papeleo invulnerable.
Cruzamos de vereda
sin mirar a los lados
porque ya hemos soñado
con el impacto
antes de que nos arrastre
por los suelos,
sentimos su aliento en la nuca
como beso de una hoguera
que mantiene sus mentiras
entre cerillas usadas
y restos de comida putrefacta.
No es pesimismo,
es realidad y unos pies
que se destajan por andar
o huir a paso ligero
sin dejar huella ni relato
siempre copiando
lo que nos viene de fuera
impregnado del prestigio
de la publicidad,
una idea de falso modernismo,
una concepción moral
moldeable y mercantilista
y de la pútrida jurisdicción
donde unos pocos
son dueños de los sueños
de aquellos que tenemos
la obligación
de permanecer en silencio.

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