Me miro en el espejo,
me escudriño en esa imagen
confusa que ante mí
comparece solicitada aún
por la memoria.
Pero ya nada en ella
es como fue.
El tiempo ha ido trabajando
sobre su piel el frío,
la extinción de la luz,
la afrenta inopinada de los días.
Por sus manos gastadas
cruzan prominentes arroyos
por donde va la sangre
en busca de la muerte.
En sus ojos persisten
las imágenes que habitaron
el llanto de dos siglos,
las guerras, el derrumbe
de los sueños,
el nunca ya posible claror
de lo olvidado.
Y sin embargo, cuánta vida
queda detrás,
fluyendo hacia el mañana,
atestiguando que esa imagen
también estuvo aquí
y a fuerza de dolor
fue construyendo
su pálida figura, todavía
laboriosamente absorta
ante los vientos.

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