Cuando la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, dice de las ministras del Gobierno que su forma de ver la vida “es propia de malcriadas que aspiran a llegar solas y borrachas, desprovistas de responsabilidades ni siquiera ante sus peores decisiones” usa el verbo clave, aspirar, con un desprecio que impresiona, porque es imposible que ella, si no ella misma, no conozca a ninguna mujer que de camino a su casa, sola y borracha, no haya sido molestada, acosada o agredida sexualmente. ¿Tienen en la práctica las mujeres los mismos derechos que los hombres, o no los tienen precisamente a causa de los hombres? ¿Aspira un hombre a llegar solo y borracho a casa sin miedo a que lo molesten, acosen o agredan sexualmente o sólo aspira a algo quien no puede hacerlo?
Al respecto, he recuperado un artículo de 1993 en EL PAÍS en el que se relata cómo, en una reunión del Gobierno de Israel, los ministros propusieron un toque de queda a partir de las diez de la noche debido a las violaciones que se estaban produciendo en las últimas fechas. “Pero ¿quién viola a quién?”, preguntó la primera ministra, Golda Meir. “Los hombres a las mujeres”, le respondieron. “Pues entonces que se decrete el toque de queda sólo para los hombres”, atajó ella. En ese mismo artículo, la abogada penalista Amparo Buxó explicaba algo muy moderno: los delitos sexuales, “casi instintivamente”, se vuelven en contra de la libertad de movimientos de una mujer. Y cuando vuelven solas y borrachas a casa lo hacen, para mucha gente (y para muchos políticos), corriendo un riesgo innecesario que las pone en el centro de la diana, creyendo de esta manera que el problema es la diana, no el arma.
Yo jamás he regresado a casa borracho, porque lo único que suelo beber de vez en cuando es medio vaso de vino en alguna comida, y últimamente ya ni eso. Pero podría hacerlo porque nadie me molestara en el camino de regreso para toquetearme o violarme. No aspiro a hacerlo, sino a tener la posibilidad de hacerlo (no confundir lo que es exigir un derecho que ejercerlo). Lo mismo, exactamente lo mismo, deberían poder hacer las mujeres, tener la posibilidad de ejercer ese derecho. Acusarlas por eso es demencial, no se trata de una cuestión ideológica. Quiénes las señalan de esa abominable manera les están enviando un mensaje a los posibles abusadores: tranquilos, las responsables de lo que ocurra son ellas.

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