sábado, 28 de mayo de 2022
HISTORIAS MÍNIMAS: PENA
A mi marido tuve que matarlo tres veces porque no se me moría bien. Primero fue con un veneno que puse en el potaje, tengo que decir que por error, que lo que quería era matar a la rata que se nos estaba comiendo las papas y las legumbres que guardaba para el invierno, pero me despisté en la cocina y él siempre empezaba a comer sin esperarme. Se le cayó la cabeza sobre el plato y no te puedes ni imaginar cómo me puso el comedor de salpicaduras. Estuve semanas encontrándome restos por la casa y él, mientras, en la cama, aullando de dolor, pero vivito y coleando. De esa, ya pensé en la pena de que no se me hubiera muerto de verdad y la segunda vez lo intenté a conciencia, pero con un plan fallido. Como no quería pasarme otra semana limpiando, le perseguí por la calle una noche de las que salía con los amigos y llegaba a las tantas sin saber quién era, escopeta en mano, y le disparé a bocajarro en la esquina llegando a casa. Pero lo mío no era la puntería y le di en la cabeza pero no entre los ojos. Igualmente me llenó la casa de sangre, la almohada, la cama. Tuve pesadillas rojas durante años. Y él se quedó medio tonto, medio ciego, medio marido. La tercera lo maté por pura lástima, de mí, de él, ya no sé. El caso es que esperaba que no muriera y ahora que ya no está le echo un poco de menos. Aunque solo sea por las ganas de volverlo a matar.
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