Con pulso firme el hombre
decide abrir la puerta
de su tiempo.
Desde el umbral contempla,
con dolor y nostalgia, la niñez:
paredes transparentes
que un lamentable olvido
dejó casi vacías.
Hoy sostienen acaso
un pantalón corto,
sombra y polen
de los campos cercanos,
una esfera, tebeos...
Mira su adolescencia:
dogmas rotos,
esperanzas estériles,
ventanas obturadas de verde
y denso musgo.
Vislumbra las entrañas
de otras habitaciones
que ilumina una vela
gastada en días grises.
Se da cuenta
-lo atestigua su rostro
enarbolando una sonrisa triste-
que su tiempo le cabe
en el cuenco cerrado de la mano.
Y aceptando su sino,
fijó en los postigos la mirada,
basculó en el dintel
la puerta carcomida,
encadenó la verja despintada
y penetró con gozo
en el jardín umbrío,
a conversar sin tregua
entre la espesa fronda
con la vejez recién llegada.

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