Hay palabras laboriosas, perseverantes, ambiciosas. Palabras que —diríamos en España— se lo han currado: palabras que empezaron en lo bajo del barro y llegan —a veces literalmente— a lo más alto. Hay palabras que de pronto estallan: que estuvieron por ahí durante años sin que nadie las viera y un día cualquiera explotan, salpican hasta el último rincón, pululan ululando. Y hay palabras —escasas, encomiables— que han hecho las dos cosas: el camino sinuoso, el estallido. La palabra ático es, ahora mismo, una de esas.
Nada la destinaba a semejante viaje. Ático era, en el principio, el modesto adjetivo derivado de un sustantivo nada modesto. Ática era nada menos que el nombre de toda esa región de nada menos que Grecia cuya capital era nada menos que Atenas. El éxito ático debería enseñarse en las escuelas de negocios —¿escuelas de negocios?— para mostrar la rentabilidad de la cultura: esa región, cinco veces más chica que Ciudad Real, sigue resonando, dos milenios después, porque inventó tres o cuatro cositas que se hicieron costumbre: la tragedia, la democracia, la filosofía.
Lo cierto es que la palabra ático sobrevivió durante muchos siglos como adjetivo poco usado. Ese poco era en arquitectura, donde los templos áticos —Partenón mediante— se volvieron clásicos, y después se llamó así a sus techos, esa forma de ponerles un remate más o menos cursi. Mucho después —digamos, siglo XVIII— las grandes viviendas se hicieron más altas. El techo casi no se veía y además quedó muy claro que lo elegante era el primer piso: el que menos esfuerzos de escalera pedía —y que los demás se volvían más baratos y despreciables según subían.
Pero hete aquí que hacia 1860, Nueva York, el señor Otis inventó el ascensor y, uno tras otro, los ricos quisieron irse para arriba. En las alturas había menos ruido, menos calor, menos humo, menos olor a pobre. Los edificios de viviendas de los países ricos empezaron a ofrecer un último piso con sus grandes vistas, nadie más arriba, el trofeo del ganador sin imaginación. Por mucho tiempo ese alarde no tuvo nombre en castellano. Ahora la Academia Real ha aceptado la palabra penthouse, que cuando yo era chico era una revista de tetas y ahora es un “apartamento o piso de lujo, generalmente con terraza, situado en la última planta de un edificio”, dice la Real, y que se usa en América. Porque en España, siempre tan españoles, lo que usábamos era la palabra ático. Y tampoco tanto; se decía, se conocía, no se conocía. Hasta la tempestad; ahora llevamos dos o tres años vomitando áticos. Primero fue ese del señor novio que tampoco era del señor novio. Pero aquello fue un susurro frente a los gritos del “ático de Ayuso”. Que es casi una redundancia: en estos días se puede decir ático y el “de Ayuso” se completa solo en las cabezas. Hace mucho que nadie había pagado tan cara una vivienda. Da un poco de pena.
La historia es simple. Hay una señora que ha dedicado su vida a destruir el mayor bien social de nuestra Ática: la salud para todos, la sanidad pública realmente pública, la que permite que todos nos curemos por igual. La que pone en funcionamiento la solidaridad más básica, el grado cero de la cohesión social: que cada persona sabe que todas las demás —y ella misma— están haciendo un pequeño esfuerzo para que ella misma —y todas las demás— puedan curarse o cuidarse si se enferman. Que no depende de la guita y esas tonterías: que está garantizado.
Y hay, decíamos, una señora que lleva siete años haciendo lo indecible por cargárselo para que sus mandantes más mangantes hagan más negocio. Se me ocurren pocas cosas más miserables, más misérrimas, que demoler esa gran construcción colectiva para que unos señoros y señoras se paguen el Lamborghini de la próxima colección otoño-invierno. Y sin embargo, decíamos, nada ha limado tanto a esta señora como el ático: la sospecha de que, una vez más, quiso hacernos una pequeña trampa. Ella está donde está para quitarnos lo mejor que tenemos, pero nos indignamos cuando nos quita unos millones. El honestismo es así: consigue transformar a los grandes depredadores en pequeños pilluelos —y hacernos creer que ahora sí los pillamos. Puedo pensar en varios pensadores áticos que se reirían —por decirlo suave— de nosotros.
He estado ingresado un par de veces a lo largo de mi vida en un hospital público. También he visto nacer en dos de ellos a mis hijas y he visitado a familiares y amigos mientras eran tratados de dolencias más o menos graves. Nadie ha tenido que endeudarse de por vida para hacer frente a los costes de esa hospitalización. Hay que defender como sea ese derecho conquistado frente a los intolerables ataques que está sufriendo por parte de la aborrecible señora del ático y sus colegas.

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