No se lo digan a nadie.
Es un tipo común,
caído sin retorno
en el comienzo de la vejez
y se rapa para completar
la reluciente calvicie,
que acude a recoger
su analítica semestral
con la excitación de saber
qué nueva cifra en rojo
simbolizará el discreto
pero implacable
desplome de su cuerpo,
(un caserón viejo
siempre deja intuir la grieta
pero nunca el hueco preciso
donde incuba su morir),
y celebra como el triunfo
de la vida que sin duda es
el (momentáneo) fluir
a la baja de sus marcadores
más peligrosos.
Disfruta con las manos
atadas de la rutina,
de su cacofonía
de sonidos repetidos
que agudiza la sensación
de la velocidad del tiempo,
sufre pesadillas
de argumento distópico
por culpa de gobernantes
mesiánicos, fariseos,
de psicología plana
como villanos de la Marvel
y su cohorte de adolescentes
que no leen
y consideran cool o subversivo
el neofascismo.
Es una especie de Franz Kafka
(pero mucho menos inteligente),
tuvo problemas con el amor
que levantó sus cirros y estratos,
sufre por la caída
del censo de abejas y gorriones
por el calentamiento global,
por la I.A. y sus maniquís
y flores de plástico
desagradables como
un cenicero lleno de colillas,
sin sospecharse,
sin adivinar lo suficiente
el rastro del humo
en la hemorragia de los días,
riéndose con sarcasmo
si acaso alguien le dice
que España está en peligro
porque piensa que de los únicos
que hay que salvarla
es de los que se presentan
como sus genuinos salvadores.

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