Las luces del verano
se apoderan del aire,
de los cuerpos.
Mediodía,
reflejo de aguas verdes.
Un resplandor
de brasas y cenizas.
¿Quién nos vela el mirar?
¿Qué extraña música
nos envuelve en sus ondas?
Es el miedo,
miedo a perder la vida,
temor a irnos
gastando en el empeño,
en este declinar irremediable,
sin pausa, audible
apenas, del estío.
Ahora cierro los ojos,
y se ilumina el cuarto
desde donde contemplo
la muerte de la luz.
Y esos hombres que pasan:
¿quiénes son
esos hombres acosados
por deidades impuestas?
Y si es así:
¿cómo olvidar sus gestos,
sus dolencias?
Pero el día no sabe del dolor.
Un puro discurrir,
se entrega y basta.
Lavado por el agua,
por la luz, sin violencia,
hoy nos llega
con destino de hombre.
Y existiendo se irá,
desnudo, intacto;
como un cuerpo tendido
se nos brinda,
y al darse ya cumple,
se consuma, desfallece
bajo el silencio
púrpura del sueño.
Cuánto esplendor aún,
cuanta insistencia
la del mundo en ser luz;
el tiempo, humo;
la del hombre en abrirse,
generoso a los demás,
que pasan y al fuego,
que perdura;
la del amor en darse
como miel o veneno,
eterno y siempre verde
como selva.
No hay salida.
Muchas han sido ya
las sendas transitadas.
Es preciso elegir:
cómplice o reo.

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