Me encuentro
el cráneo descarnado
de algún animal,
que vigila
desde un lado
del camino.
Cuando paso
por su lado,
me recuerda
desde los huecos
que alojaron sus ojos
que puedo prescindir
de músculos y venas.
Me recuerda
que aunque respete
a mis ancestros,
he de dejar
que los muertos
entierren
a los muertos.
Me recuerda
que la luz
del amanecer
es un milagro
que prolonga la vida,
nos sirve de sustento
jornada tras jornada
y que nadie tiene derecho
a llenar de tinieblas
la existencia de los demás.

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