Tengo una firme convicción,
quizás por el suspiro
que recorre
mis venas proletarias,
pero siento un desprecio
tramontano por la idiocia
sangrienta de las turbas
que quieren tomarse
la justicia por su mano.
Nada hay más malvado
y más obtuso
que un rebaño cerril
vuelto jauría.
Es obsceno observar
la conversión
de los cuatro
incisivos inferiores
de sus bocas
sin gloria de rumiantes
en feroces colmillos afilados
cuando un prójimo
rueda por el polvo,
sobre todo
estando indefenso.
Da pavor contemplar
esas pezuñas vueltas garrass
antorchas, palos, sogas
o letal material antidisturbios,
consagrarse
al sadismo sin bozal
de rasgar epidermis indefensas.
Obviamente,
también hay causas justas
y cárceles que aguardan
a los monstruos,
pero importan,
y mucho, los modales,
pues separan
al hombre de las bestias.
Cualquier reo,
culpable o inocente,
se merece un juicio justo
y un mínimo respeto.
Porque lo otro
quita cualquier tipo de razón,
nublada la conciencia
por la locura colectiva
de una jauría humana.

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