Me produce
una inmensa pena
pensar en lo que queda.
Lo que queda de mi vida.
Lo que queda del mundo.
Pienso mucho
en lo que queda
y en lo que no está.
Pienso en las ballenas.
En si existirán en el futuro.
Pienso en los niños
que crecerán estudiando
un mundo virtual.
Niños que conocerán
los glaciares
en las imágenes de internet.
Y aprenderán que los osos
hurgaban en la basura.
Y que los salmones
confundidos flotaban
en corrientes desatinadas.
Sabrán de las algas marrones
y del mercurio que yace
en el fondo del océano.
Junto a toneladas de desechos.
Niños que habitarán
un mundo diferente.
Una tierra vaciada.
Pero el verano.
El verano es diferente.
Es un momento de pausa.
Ir a la playa o a la montaña.
Llevar a los niños.
Armar castillos de arena.
Y de regreso, el cansancio.
Dormirse con los cachetes
rosados de sol.
Ese sol que queremos
pensar benevolente.
Porque nos trae recuerdos
de la infancia.
Y sin embargo...
El mundo arde
y la vida se seca, lenta,
pero inexorablemente.
También la mía,
aunque esto último
sí que es inevitable.

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