Años atrás
no tenía problema
para hacerlo en el coche,
incómoda cuna
que se mecía
al ritmo de los amantes,
las palancas del cambio
y del freno de mano
clavándose en el trasero,
el viento de la noche
silbando suavemente
y después el relax,
pensando quién estaría
fumando ahí arriba,
iluminando el cielo
con miles
de pequeñas brasas,
hasta el alba y entonces
a casa sin miedo al sueño.
Sí, había una casa,
un sueño profundo
y una seguridad de despertar.
Hoy en cambio,
con un coche
que no se balancearía,
pero también
con un cuerpo
que no tolera incomodidades
y un sueño ligero
como el vuelo de una abeja,
parapetado tras las paredes
de mi dormitorio
en ese momento solitario
en que te disuelves
sin darte cuenta,
un pensamiento
rasga el silencio
palpitante del amanecer:
las estrellas están
sangrando en el corazón.

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