Enrique Martínez-Cubells practicó un realismo social, en el que destacan las pinturas con temas del trabajo, de pincelada sintética, dentro de corrientes naturalistas y con interés en los efectos lumínicos. Fue partícipe del ideal regeneracionista de captar desde la pintura la esencia nacional propia de la época, en la que se implicó a través de sus pinturas. Su obra no fue valorada suficientemente en su tiempo debido a que coexistió con Sorolla.
Trabajo, descanso, familia (1903) supuso una renovación del tratamiento del trabajo en el campo, tema que habían abordado otros autores bajo una óptica naturalista. El formato de tríptico era frecuente justamente entre los artistas que querían superar aquel estilo y ofrecer una visión más amplia, a veces impregnada de un cierto simbolismo. Permite mostrar tres escenas, a las que la continuidad de la línea de horizonte da unidad. La yuxtaposición de sustantivos en el título, cada uno representado por un panel, refleja un sentido esencial de la vida agrícola más allá del carácter instantáneo y circunstancial propio del naturalismo anterior. De modo acorde, no es la acción propia del Trabajo la que protagoniza la composición, sino el sereno equilibrio del Descanso. El pintor resaltó esa intemporalidad con la elección de un marco arquitectónico clásico, con basa, pilastras y friso de palmetas jónicos y una cornisa que recoge el conjunto.
La composición de la obra se divide en tres partes claramente diferenciadas que aluden al título de la obra, Trabajo, descanso, familia. En la primera por la izquierda, los trabajadores aparecen cultivando la tierra, en la segunda, se muestra un momento de descanso en las tareas del campo y en la tercera, una mujer con un niño en la mano, y otro en los brazos, se acerca a los campesinos.
La ejecución abocetada de figuras y fondo y la planitud del paisaje indican el deseo de novedad de Martínez Cubells en este periodo de su carrera, marcado por viajes a Bélgica y Holanda y por su estancia en Múnich, ciudad en la que firmó los cuadros más importantes de su trayectoria.
El dominio en la representación de los caballos lo había probado en Invierno en Múnich (1901) Al igual que en este último lienzo, su deseo de exactitud llega a mostrar en el tríptico estudiado hasta el vaho de la respiración de los animales en el frío ambiente rural. El artista madrileño supo captar el relajante efecto que la nieve podía producir sobre la escena. Martínez Cubells pinta la atmósfera, el efecto que la plomiza tonalidad de la nieve podía añadir al duro papel del limpiador.


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