El tiempo, que al principio
solo es una ilusión,
se hace al final la roca
contra la que chocamos.
Es él quien certifica
las heridas.
Creamos a Zenón:
«La vida es una sucesión
concatenada
de estados en reposo»,
el terco sumatorio
de imágenes estáticas
en un cinematógrafo
al que alguien
requisó la manivela.
¿El resultado?
una suma finita
de puntos detenidos
que flotan sobre un río
congelado.
¿Y cómo no entenderlo?
Vivimos en los nudos
de las perplejidades
porque existir no es más
que una aporía.
La tarea consiste
en desenmascarar
esas contradicciones
y aceptar, cada día,
que en tu curvo trayecto
vas a encontrar
mil metas antagónicas,
que despertar perplejo
ante lo conocido
es admitir lo opuesto
como parte esencial
de lo que somos
y también, muchas veces,
desechar lo que une.
¿Existe en ese territorio
del silencio un espacio
donde la vida cede
su sitio a la perplejidad?
¿Dónde van a anidar
las pequeñas preguntas
que nos hacemos todos,
incapaces de asumir
la inexistencia?
La verdad se atrinchera
en el conflicto,
pero la muerte
vive en lo seguro
y encuentra un yacimiento
de verdades eternas.
Las preguntas no existen
para la vanagloria
de las contestaciones.
Solo las cosas inútiles
tienen respuestas sencillas.
Toda pregunta ahonda
en una zanja,
pero al final del día
sobre cada respuesta
vuelve a caer
la tierra de la noche.

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