Si la vida era en Canarias
miseria y tristeza,
si un velamen
de alas salvajes
llevaba a la isla
hacia los naufragios,
si el crepúsculo
ahogaba el vuelo
desgarrado
de un último pañuelo
y si el grito hería al pájaro,
la gente partía
haciendo frente
con gofio y folías
a los peligros de un viaje
desde la terrible realidad
del océano y la ignorancia.
Abandonaban su pueblo
sus familias
y sus uveros amargos,
la huella de sus pasos
sobre la arena
antes de subirse
a un barcucho
de mala muerte
para atravesar
todo un océano,
dejando atrás el reflejo
de los sueños
en el fondo de un pozo.
Para los seres humanos
no hay un acicate
más poderoso
que la esperanza,
deberíamos tener
todo esto en cuenta
ahora que las tornas
han cambiado
y nuestra tierra
se ha reconvertido
en la meta y ya no es
el lugar de partida.


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