Aún inmóvil,
pero inquieta ya,
la espada sueña la batalla.
Ruega que el brazo
que la empuñe
esté a su altura
y sea numeroso
y fuerte el enemigo,
que al cerrarse la lid
brille encarnado
su filo con la sangre
irreparable de hombres
que al caer sintieron digno
su fin, no fruto
de un azar borroso,
sino tributo y colofón: destino.
La espada, ensimismada,
inquieta, pide que el combate
alimente de recuerdos
duraderos
su memoria exigente.
El sueño del acero
recrea la batalla,
que, especulada,
se planea en él.
Los hombres velan
y no sueñan,
piensan en la violencia
cruel que les espera,
afilan sus armas,
rezan a un Dios
que no escucha sus rezos,
que aún no ha decidido
qué hará de ellos,
de cada uno de ellos,
qué hará de su futuro
al alba, cuando
el horror empiece.
Todo ello ocurre
ante la indiferencia
de generales y mariscales,
mientras en sus
floridos despachos
los que declararon la guerra
duermen profundamente
el sueño de los que carecen
de la más mínima conciencia.

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