lunes, 27 de julio de 2026

POESÍA: LA ESPADA

 


Aún inmóvil, 

pero inquieta ya,

la espada sueña la batalla. 

Ruega que el brazo 

que la empuñe 

esté a su altura

y sea numeroso 

y fuerte el enemigo,

que al cerrarse la lid 

brille encarnado

su filo con la sangre 

irreparable de hombres 

que al caer sintieron digno

su fin, no fruto 

de un azar borroso,

sino tributo y colofón: destino.

La espada, ensimismada, 

inquieta, pide que el combate 

alimente de recuerdos

duraderos 

su memoria exigente.

El sueño del acero 

recrea la batalla,

que, especulada, 

se planea en él.

Los hombres velan 

y no sueñan, 

piensan en la violencia

cruel que les espera, 

afilan sus armas,

rezan a un Dios 

que no escucha sus rezos,

que aún no ha decidido 

qué hará de ellos,

de cada uno de ellos, 

qué hará de su futuro

al alba, cuando 

el horror empiece. 

Todo ello ocurre

ante la indiferencia

de generales y mariscales,

mientras en sus 

floridos despachos

los que declararon la guerra

duermen profundamente

el sueño de los que carecen

de la más mínima conciencia.


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