Vivir el hecho de la muerte
sin que te perturbe
su penuria,
vivir la vida en los versos
como un río de vencejos
se despeña
y luego levanta el vuelo
y llama a los niños
y los cita y los engatusa
al salir de escuela,
no caer en la tentación
de Alfonsina,
no elegir los acantilados
donde nunca se duerme.
Vivir poeta y hombre
la vida de los libros
y de la calle,
del amor y el desamor,
recoger la arqueología
de los que antes estuvieron,
de los que siguen estando
sin la huida unamuniana
del presente para
buscar nuevos destinos
y quedarse.
Quedarse con la hermosa
manía de compartirse
porque aunque se elija
la alternativa de la soledad,
no ha de ser ese
un concepto contradictorio
con hacer acto de presencia
cuando se trata de exigir
idénticos derechos y respeto
para toda la colectividad.

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