En el tejado
dientes de lluvia
mastican nostalgia
por una última
descarga de las nubes
ahora que llega el verano.
El niño se asoma,
mira su barco de papel,
llevado por la pequeña
riada que se pierde
calle abajo.
Llora.
no sabe que su llanto
viene de lejos.
Tanto como el futuro
pero empieza a vislumbrar
la añoranza de ese tiempo:
el barco que nunca volverá,
el olor de la tierra mojada,
la lagartija que se desliza
rendija adentro
esquivando el chubasco…
No obstante
sigue creyendo
que su llanto
es por el juguete.
Mi niño:
tus lágrimas son
por otras cosas
que siempre se te escurrirán
de las manos.
Crecer es inevitable:
mudarse de una era precisa
y saber que algún día
esta parte de tu vida
o esta vida de tu parte
habrá de quedarse atrás,
en algún rincón
de la memoria
y tú, niño mío,
tendrás que marcharte,
creciendo,
dejando atrás el corazón
que la lluvia obliga
a crecer entre guijarros.

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