sábado, 18 de julio de 2026

OPINIÓN: OYARZABAL Y LA FELICIDAD


Qué tendrá la felicidad ajena que es tan indigesta. No hablo de envidia, o no solo. Me refiero a esa efervescente reacción química que se da en nuestros adentros cuando alguien se exhibe ya no feliz, sino razonablemente satisfecho con sus elecciones vitales. Le pasó hace poco al futbolista de la Real Sociedad y de la Selección Española Mikel Oyarzabal, que —por enésima vez— tuvo que aclarar que no se plantea irse a jugar a otro sitio, porque es feliz viviendo a diez minutos de su familia y de sus amigos. “Como yo creo que la vida tiene que ser es que los momentos de disfrute los compartas con las personas que quieres”, dijo. Y esto, que incluso en dialecto futbolístico no merecía pasar de una palabra de ocho letras (obviedad), por lo visto es una cosa bastante intolerable.

Al menos si se fía uno de las reacciones en las redes sociales, donde le han respondido tajantemente: “Conformarse es el veneno más peligroso. Que tus amigos vivan a media hora puede estar bien un rato, pero no puede condicionar tu vida. Oyarzabal se desperdicia como Neymar. En su caso hipoteca el talento por no salir de la burbuja, de esa vida kilómetro cero, de esa trampa”, le espetó uno de esos directores de sucursal de la verdad absoluta. Y aquí otra obviedad: hasta las formas más baratas de provocación —como esta, que cosechó la cantidad de reacciones buscada— llevan grapada una perversidad muy retorcida.

No va de goles con una u otra camiseta. Va de que la felicidad chiquita, doméstica, esa de poder tomarse una cerveza entre semana, de observar como te crecen los geranios o de visitar a quien quieres sin necesitar un astrolabio, es cosa de pobres. Para nosotros está bien lo de gozar de un esparcimiento inofensivo, de piel con piel, tener (o reclamar) jornadas laborales que nos dejen criar hijos o gatos, hacer tiramisús o pasear sin reloj. El “kilómetro cero” se diseñó para los mediocres que nos conformamos porque no hay otra, no para los que han sido ungidos con virtudes casi divinas. Esos, los Oyarzabal, ni deben ni pueden ser felices así “hipotecando” su talento, nos lo deben. Podrán acumular billetes, propiedades y qué se yo, dinosaurios, pero a cambio han de cumplir con el pacto faústico y renunciar nada más que a una cosa: elegir ellos su ambición. Tienen que llegar a la cima, no hay más. Es su responsabilidad, por privilegiados. Y que lloren en sus descapotables si allá arriba se sienten solos.

A santo de qué cometemos la osadía de decirle a nadie, pelotee o no un balón, que ahí no es. Que su felicidad es una trampa. Como si esa felicidad chiquita, sin grandes fanfarrias ni yates ni alharacas no fuera en sí misma un privilegio. Nadie triunfa en ambición ajena, en definitiva. Y la trampa no es conformarse, ni renunciar, ni siquiera elegir. Es la de considerar que nada es suficiente. Tampoco la felicidad, especialmente la felicidad. Cave usted, esfuércese que aún hay más, una olla de oro al final del arcoiris, quedarse ahí es facilón. O en palabras del mismo usuario de antes: “Ser una estrella de tu código postal es la manera más fácil de ser una estrella”. Pero sucede que quiénes fueron hasta allá y cruzaron el arco multicolor descubrieron algo: La recompensa por cavar las mejores zanjas es que te dan una pala más grande. Y, prolongando la cadena hasta el infinito, nunca se encuentra la felicidad porque siempre has de tener más para conseguirla.

No hay comentarios: