El Museo Nacional Reina Sofía ha cumplido 40 años. En 1986 se constituyó su germen, el Centro de Arte Reina Sofía. Sería dos años después, mediante el Real Decreto 535/1988, cuando adquiriría su condición de museo nacional, siendo inaugurado como tal en 1992 sobre la base de los fondos del antiguo Museo Español de Arte Contemporáneo (MEAC).
Como sede se eligió el edificio del antiguo Hospital General de Madrid. Y este hecho es fundamental para entender la segunda razón por la que el museo es conocido: su fantasma. O al menos, la leyenda de su fantasma. Tiene hasta nombre: Ataúlfo. Y los rumores de su existencia recorren corredores sombríos, escaleras inquietantes, sótanos de bóveda infinita, ascensores para personas, montacargas para cosas y las terrazas donde descansaban al sol los enfermos del viejo hospital. Se intuyen sombras, se sospechan ruidos, se quiere creer en presencias... Por haber, hay hasta un informe exhaustivo expuesto en las vitrinas del museo. El Informe Ata, que evoca la investigación abierta entre 1992 y 1995 por los responsables del centro —güija incluida— para buscar al fantasma errante de Ataúlfo, aquel antiguo enfermo mental autor de cinco asesinatos, cuya presencia habría sido “constatada” por trabajadores del museo en modalidades diversas: ascensores que subían y bajaban pese a estar desconectados, teléfonos que sonaban pese a estar descolgados, inexplicables ruidos de pasos en la madrugada… Y la figura recurrente de un vagabundo de barba blanca en el patio del museo. El informe concluyó que el edificio tenía “una impregnación antigua debida a la intensidad emocional de las vivencias correspondientes a la función que como hospital había desempeñado durante muchos años”. Menos mal, yo me he quedado más tranquilo, pero habrá que preguntarles a los vigilantes nocturnos del centro si ellos también.

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