Dibujé el contorno
dorado de una sombra.
Caminé de puntillas
en el borde luminoso
de una nube
tratando de guardar
el equilibrio
para no caer
definitivamente
en el interior de la lluvia.
Habité entre las briznas
de luz anaranjadas
que cada tarde
nacen y mueren
en el eterno baile
de los planetas.
Y logré abrir una ventana
en mi pecho
para que el sol
inundase el espacio
donde aún persistía
la humedad,
ahora se trata
de evaporar por completo
las huellas que dejó
la feroz tormenta
y no permitiré que nadie
se interponga en la tarea.

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