No me preguntes
por qué ha sucedido,
yo tan solo miraba
el árbol sin mirar.
Era un naranjo silvestre
que en pocos días
se había cuajado de flores,
tan delicadas,
que se despeñaban al aire
con cualquiera
de mis más leves pestañeos.
Sin embargo los mirlos
iban y venían
en travieso alboroto
por sus ramas,
sin destrabar siquiera,
alguno de aquellos
pequeños pétalos
suspendidos
en tan frágil hermosura.
La lluvia de la tarde
tampoco pudo arrumbar
una sola flor
a las ramblas que reptaron,
poco después,
la gravedad sur del jardín.
No me consuela saber
que la naturaleza
y los hombres
hace siglos que no hablan
el mismo lenguaje.
Lo único que me perturba
es llegar a creer que mis ojos
ya solo tienen mirada
para el sacrificio de las flores.
Lo único que me inquieta
es regresar de esta guerra
a un réquiem vacío
de ángeles en los jardines.

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